Un amigo lleva más de 20 años trabajando en hoteles. Tantos que ahora dirige uno. En uno en el que estuvo, uno de esos que se construyeron en los sesenta y se ha reinventado, reformado y ha cambiado de manos al menos una vez por década desde su apertura, había una pareja de clientes ya bien entrados en años que cada año más o menos por las mismas fechas visitaban el hotel, siempre la misma habitación, durante una semana completa. Siempre a la entrada del otoño, que en uno de esos sitios del Levante donde no hay invierno el fin del verano significa que dejas de cocerte al sol como una fuente de barro. Como aves migratorias allí estaba la pareja sin faltar un año.
Los empleados del hotel no reparaban en atenciones para con ellos. Les reservaban una buena mesa para el desayuno (cerca de todo pero lejos del trajín, cerca de la ventana pero sin el sol en los ojos de ninguno de los dos, cerca de una puerta de salida que no es por la que entran y salen todos los clientes del hotel que no conocen aún el edificio) en la que siempre había un detalle, una flor natural, unos bombones, las servilletas dobladas de una forma discreta pero elegantemente diferente a todos los cientos de servilletas dobladas en el resto de las mesas.
Era evidente que llevaban yendo tantos años y siendo tan buena gente que podían dirigirse a muchos empleados, sobre todo a los más veteranos, por sus nombres además de ir añadiendo a su lista a otros más recientes. Todo el mundo les conocía allí. Salvo mi amigo, que no sabía quiénes eran porque acababa de llegar al lugar, pero se quedó con la copla en cuanto aparecieron. Y no tardando le pusieron al corriente.
Esta pareja no estaban casados. Bueno, sí que lo estaban, pero no entre ellos. Cada uno de ellos tenía su propia familia allá donde viviera cada uno y una vez al año por las mismas fechas se juntaban en el lugar de costumbre, su lugar de costumbre, y mantenían viva una relación que habían hecho discurrir durante décadas con la complicidad de todo el edificio en el que se alojaban.
Esta pareja, con su Brokeback Mountain heterosexual, estaba viviendo algo que para la mayoría de los mortales se antoja imposible, mantener en el tiempo no ya una sino dos relaciones sentimentales estables. Yo creo que el personal del hotel, consciente del milagro que eso supone, y viéndoles como dos tórtolos década tras década, aprovechando cada minuto de esa semana que tenían juntos, no podían sino ayudar en lo posible.
A veces vivimos en otros los sueños que no hemos cumplido o rozado siquiera. Por eso hay gente que sabe un montón de Kardasiología, de Futbología, o de Blackmetalogía, que sabe mucho de algo sin haberlo tocado ni con un palo muy largo (y no, haber jugado al fútbol hace 38 años no cuenta, el título de jugador caduca). Para evitar sumirnos en la parte más miserable de la existencia, porque a veces lo es y de ahí no se escapa nadie, nos permitimos vivir un poco, rascar unas lascas de ese sueño por mediación de otros, “por proxy” que se dice ahora.
Cómo le irá a esta pareja ahora que todo se paga con tarjeta, todo el mundo tiene Facebook y siempre hay un pesao haciendo fotos con el móvil a alguien que está pasándoselo muy bien sin tener en cuenta quién sale al fondo. Cómo le irá ahora a los que necesitan discreción, complicidad y anonimato porque están haciendo algo que requiere un poco de tranquilidad y de sombras.
Amets es sueco. Al menos lo es en gran parte. En este mundo en el que todos los sitios están cerca, el pequeño Amets acaba de pasar ese momento en el que las criaturas que viven en dos idiomas eligen. O les eligen, más bien. Con su madre, en la guardería, con la familia de su madre, con los otros niños todo es en sueco. Y con su padre en euskara.
La comunidad vasca de Estocolmo (que existe y crece poco a poco) da lo que da. Niños hay, pero no de todas las edades. No que sepamos.
La comunidad vasca no es una, lógicamente. Hay más de una. La gente aparece y desaparece. Llega y se va. Las familias llevan su vida y tienen sus circunstancias. Y juntar 12 niños cada uno de una edad no siempre funciona.
El padre de Amets está dándole vueltas a la situación, quiere que Amets oiga euskara de alguien más que su padre. No tiene dos años y me habla en sueco. Alucina cuando me oye hablar la lengua de su padre, que comprende bastante bien, aunque me conteste en sueco, poniéndome en un compromiso, claro. Me pregunta cosas. Todo lo que puede. Y como mi sueco es catastrófico le hablo en euskara. Por desgracia no le puedo hablar en el de su pueblo, pero nos apañamos.
La situación me resultaba familiar. El otro día caí en la cuenta de que hace muchos años, en otra vida casi, me encontré el blog de un grupo de padres y madres que habían organizado un grupo de juegos para que las criaturas pudieran jugar en euskara. En Gasteiz. Doscientos y pico mil habitantes, la capital artificial de un país singular y todo lo que queráis. Los padres que no tienen una familia cerca o una cuadrilla vascoparlante (que en Gasteiz serán más del 90%) tienen exactamente el mismo problema que quienes quieren que sus hijos jueguen en bubi, en sueco, en alemán, en afrikaans o en guaraní. Y la misma solución.
Anunciarlo y moverlo. Lo mismo que hace el grupo de catalanes que se reúne mensualmente en los alrededores de Estocolmo. Pero estos tienen dos monitoras (que pagan entre todos) para dinamizar dos grupos, los más pequeños y los más mayores. Es un mogollón de niños, muchos nacidos aquí y a los que según me cuentan no se les nota nada. Son tantos que hay dos escuelas públicas en Estocolmo que tienen unas cuantas horas de lengua y cultura catalana en horario lectivo.
Euskal Herria es un país pequeño. El euskara es una lengua pequeña. Tan pequeña que una lengua pequeña como el sueco o como el catalán (más de ocho millones de hablantes) se nos hace enorme y con una salud envidiable. Evidentemente Amets hablará y entenderá euskara como su familia lleva haciendo desde mucho antes de que el cronista que acompañaba a los conquistadores árabes relatara que, a su llegada a las faldas de Arangio, había en lo alto unos sujetos vestidos con pieles, saltando y armando mucho jaleo y que habían encendido una enorme hoguera que se extendió por todas las laderas tiñendo todo el cielo de rojo.
Además no les gustó el clima, no les gustó nada que aquellos sujetos que encendían hogueras les tiraran cosas a la cabeza y que encima no fueran ni siquiera un pueblo del libro (ni cristianos, ni judíos ni musulmanes). Debieron notar la terquedad a distancia. De ahí se fueron para Navarra, ya se sabe que a veces lo que parece una solución conduce a un problema todavía mayor, pero no nos desviemos. Esta historia, que es preciosa y muy divertida a partes iguales, me la contó Bittor Kapanaga, así que casi seguro que fue así y si no es así debería serlo.
Estábamos con Amets y la isla lingüística en la que vive. Algo parecido pero a otra escala sucede en sitios como Gasteiz, donde hay padres y madres que no lo tienen fácil para que sus hijos jueguen con otros niños en euskara y no tengan que conformarse con sus padres y la tele.
Todo esto para mí tiene sentido porque hoy he ido a recoger una carta certificada y de camino he visto este vídeo de la campaña electoral donde se promete acabar con esa supuesta injusticia que obliga a saber euskara (de esto hablamos otro día, pero nos podemos reír ahora mismo) para conseguir cualquier plaza en la administración vasca. La carta certificada son los trastos de votar en las elecciones autonómicas.
Escribo esto en castellano porque me apaño mejor, vale, pero también porque quizás hay alguien dudando si votar a esta gente. Ahora sabes por qué yo no les puedo votar.
Delante de cada supermercado de Escandinavia hay, o había, una persona pidiendo. Casi en todos los casos se trata de gitanos de Rumanía y Bulgaria, aunque esto es relativo. Las autoridades suecas contactaron con estos dos países y para su sorpresa se encontraron con que se hicieron los longuis, algo muy fácil de hacer cuando se trata de gente que no tiene papeles y sencillamente no existe.
Esto es bastante reciente, de tres o cuatro años a esta parte. Incluso al norte del Círculo Polar Ártico (donde el verano es fresquete pero el invierno es lo que se puede uno figurar al oír “Polar Ártico”) sucede lo mismo. De buena mañana se (¿los?) reparten andando o en furgoneta, a veces recién salidos de las camas-nido que se preparan para dormir a la intemperie. A la intemperie del norte de Europa, que no es cosa de broma. Ellas con sus plataformas imposibles, su ropa de colores fluorescentes y sus largas y elaboradas trenzas. Ellos cada vez más parecidos a los futbolistas que salen en TV, con sus zapatillas de suela fina, su patilla fina y hasta gomina en el pelo. Eso sí, suelen ser ellas las que se pasan el día sentadas dando los buenos días y las gracias. Se conoce que tienen el trabajo así repartido, pero no sabría decir a qué se dedican los futbolistas. Digo los hombres.
Me cuentan que en Dinamarca acaban de prohibir la mendicidad callejera y en Noruega el gobierno ha dado competencia a los ayuntamientos para emitir dichas prohibiciones. En Noruega, por otra parte, el gobierno no tiene la menor obligación de mantener a nadie que esté tirado en la calle, como bien saben decenas de españolitos que tras tragarse el capítulo noruego de “Españoles por el mundo” y creerse todas las milongas que les quisieron contar cuatro escogidos a los que les va muy, muy, muy, muy, muy bien, cayeron con su familia y su candidez en invierno en un país donde dos refrescos y dos kebabs pueden salir por el equivalente de 30 euros y un café con leche tranquilamente pueden ser seis. Un café como una piscina, sí, pero aun así. En Suecia un portavoz del partido más votado aseguró que prohibir la mendicidad es intentar prohibir la pobreza y que la medida no tiene ningún sentido, pero gobiernan en minoría y no todos los partidos en el parlamento son igual de considerados.
No tiene una vida fácil esta gente, no, y el panorama no parece que les guarde muchas alegrías.
En el supermercado de barrio donde recojo el correo a veces hay alguien sentado a la puerta. Pero antes de llegar, justo al salir del metro, casi siempre hay una mujer. Una mujer que no podría decir de dónde es.
Creo que tiene bastantes menos de 50 años, pero en los últimos meses su pelo ha pasado de entrecano a blanco como la nieve. Siempre está hablando. Muy bajito, no sé en qué idioma o a qué puede sonar, no sé si es una lengua europea o de medio oriente. Siempre está sola, pero parece mantener elaboradas conversaciones, hace visajes y mueve la cabeza como si estuviera en animada cháchara, pero no mueve nada más. He visto gente hablando con ella, dándole comida, leche, zumos. En esos momentos parece tan rota como podría esperarse. Y cuando vuelvo a pasar ahí sigue, a su conversación.
Creo que habla para mantener vivo otro tiempo en otro lugar. Colgando de las palabras en esa lengua que no comparte con nadie parecen estar las personas y lugares que fueron, que podrían haber sido, pero que definitivamente no son.
Llego al supermercado y la mujer sentada frente a un vaso de papel con una foto de un montón de niños coloradotes y plastificada con celo no me dice hola porque en el pañuelo con el que cubre casi todo su cabello y su oreja lleva incrustado un teléfono móvil bastante pequeño. Y charla animada. Atenta a su entorno, pero como en un receso.
¿Que no hay clases? Vaya si hay clases. Hasta para estar tirado en la calle hay clases.
La historia que me ocupa hoy es la siguiente: Un obrero eventual graba el chorreo que le echa un jefe de turno y se entera todo el mundo. Y tiene consecuencias, esta vez y contra todo pronóstico, para el jefe de turno.
Para quien no la haya oído aquí la resumo: sucede en una planta de Renault hace un par de semanas en un pueblo de la provincia de Palencia, España, Europa, Mundo, etc. Un currela eventual de 20 años es convocado, al parecer ya por tercera vez, al despacho del jefe de turno. Por lo visto no aprende, se deja piezas sin poner y eso es una cosa muy importante porque hacen coches (¡coches!) y tras cada fase de la cadena hay unos cuantos currelas especializados que revisan todo, ponen lo que falta y dan paso. En la habitación está presente una de esas personas, una currela en este caso. El jefe de turno se pasa ciento cuarenta y ocho pueblos, le amenaza con echarle, le hace un “a la salida me esperas” como en el colegio, y no le da de hostias allí mismo ni le da un ictus de las voces que está metiendo pues por muy poco.
Aquí está la grabación y con las fotos de los dos, que ahora con las redes sociales de todo nos enteramos:
Total, que alguno de los sindicatos con representación en la factoría empiezan a mover la grabación por aquí y por allá y al final hasta UGT y CCOO, que en casi todas partes se distinguen por moverse a la velocidad de la luz en la defensa de los eventuales, se plantan y le dan aún más bombo a la grabación.
No se cuál de los dos, pero me figuro que quienes apoyaron a este hombre y empezaron a mover la grabación serán los de Trabajadores Unidos (un sindicato de clase, combativo, con relación preferente con el SAT andaluz) y si no la CGT, y si no los dos.
Que le va a hacer desear no haber nacido en los cuatro meses que le quedan, le dice. Y se lo dice con toda la mala baba, con toda la intención de zaherir. O sea, que lleva dos y le quedan cuatro, vaya. El típico contrato “largo” de un eventual, para cubrir los meses en los que los fijos se van de vacaciones como debe ser, tres o cuatro semanas. Ese chorreo le cae porque lleva dos tristes meses trabajando de obrero especializado y se equivoca y se le pasan cosas.
Pero oh sorpresa, a los cuatro días contados el jefe de turno es despedido fulminantemente.
Y la mayoría de la gente con la que he hablado de esto ha coincidido en que está muy bien hecho, ignorando eso sí en la mayoría de los casos lo que dicen los sindicatos en entrevistas en radios locales (donde antes salió la grabación) e incluso algún currela de la fábrica que lleva toda la vida y está a punto de jubilarse (léase, que le da igual si le meten un parte o le echan, que lo mismo le harían un favor): eso ha sido así desde hace años, los sindicatos (mejor dicho, los que ganan las elecciones y se mueven a la velocidad de la luz etc, etc) lo saben y callan.
Yo he conocido la precariedad de los trabajos por ETT en fábricas y en almacenes. He repartido muchas, muchas pizzas con frío y con calor pero sobre todo con frío, he pegado carteles y he repartido mucha publicidad y colocado mucha propaganda (menos para el PP para todos los que se me pusieron a tiro porque hay que comer y porque para los buenos siempre lo he hecho gratis). Durante años. Con una frecuencia vamos a decir intermitente, tampoco me voy a poner aquí farruco, pero durante años.
He estado a turnos, he hecho muchas noches y festivos porque sólo había eso, he hecho el trabajo de gente que ganaba 10 veces más que yo y en todos esos sitios había al menos un psicópata como este. Y cuando me pasé a la informática me encontré lo mismo, pero en una oficina. Un tío (como mínimo, a veces hay más de uno y ya aquello es una juerga) que porque le han dado unos galoncitos con los que está un poquitín por encima de lo más bajo empieza a comportarse como si fuera el capataz de una plantación de algodón, como el kapo de un campo de concentración.
Aislado de su anterior entorno ya no puede volver atrás y para conjurar el peligro de caer de nuevo y ser devorado se comporta (“cuando hace falta”, como ese tipo de gente suele decir) como el mayor hijo de puta que ha pisado la capa de la tierra, hace incluso como si el odio que sabe que se le profesa, los motes con los que sus subordinados le nombran para no mancharse la boca con su nombre real, las miradas que le esquivan, las espaldas que se alejan a su paso, esa rabia contenida que huele a distancia, le diera lustre, fueran su razón de ser y lo que hace que se levante por la mañana.
Y los hay que con los fijos no son muy buena gente, pero a los fijos no les tratan así. Es a los eventuales. O a los subcontratados. O los que están en la contrata de la contrata de la contrata como eventuales. Y todos los casos intermedios. Y los liberados sindicales de los fijos oyen esas historias como el que oye llover. Y hasta te recomiendan resignación y te dicen que es lo que hay. No me lo tiene que contar nadie porque me lo han dicho a mí.
En todos esos sitios hay uno o más de estas sabandijas principalmente porque hacen falta para el típico empresaurio y su idea de mantener el control de la gente y las cosas, y por otra parte porque hay gente que vale para unas cosas y otra que vale para otras. Todo el mundo tiene un nombre, decía la canción.
Ahora bien, echándolo a la calle no se arregla nada.
Y sí, claro que sí. A mí lo que me pide el cuerpo es echar mucho de menos la justicia proletaria y aquellas cojeras, ustedes ya me entienden. Pero de aquello hace mucho y ahora hay que hacer las cosas de otro modo.
La justicia proletaria produjo en algunos casos mártires con lo peor que ha salido arrastrándose del estiércol. Echar a la calle a este energúmeno, a este gusano, lo que hace es arruinarle la vida. Donde se establecen estas fábricas miles de familias dependen directamente de ella y luego otras tantas dependen de empresas auxiliares. Y en este tipo de sitios es eso o nada. Siempre hay un roto para un descosido y alguien con menos escrúpulos que un gato en una matanza (txarriboda bat esaten dana) encontrará trabajo para seguir haciendo lo mismo. ¿Pero y si no? ¿No estaba ya bastante amargado, bastante envenenado que ahora lo que queremos 20 veces más mala persona y por ahí suelto? ¿En qué cambia eso la situación de esos eventuales, del resto de encargados de turno, del resto de capataces de esa plantación? Por no decir de todas las demás. Quien lea esto y haya visto siquiera un poco de lo que digo sabe de lo que hablo.
¿Y qué haría yo pues, tanto hablar con tanta autoridad, como si fuera el cuñado de Pérez Reverte?
Pues de primeras no echar a la calle a este ser. El puesto de trabajo se le mantiene. No el mismo, claro. Un puesto de trabajo. Pero primero terapia.
Porque alguien que trata así a otras personas que están a su cargo, que se ensaña de esa manera tan sádica ni es jefe, ni es líder, ni es responsable de nada. Es un pobre hombre que martiriza a otros como un crío persigue gatos o tortura “pajarillos” porque alguien lo tiene amargado a él. Padre, madre, cura, profesor, hermano mayor o el vecino que era todavía más hijo de puta que él cuando era pequeño.
Terapia y formación. Y si llevaba a 50 currelas ahora va a llevar a 5 y vamos a ver qué tal. Una temporada larga de vuelo tutelado a ver por dónde respira y si no va, pues no va. Tendrá que dejar de llevar gente.
Otro lo hará, que gente hay mucha y alguna es muy buena. Pero hay que intentarlo. Y formación para el resto de jefes de turno. A la gente no se le puede tratar así y menos si son tus subordinados. Esa grabación hay que ponérsela a todo el que aspire a un puesto como ese. Si no siente náuseas es que no vale.
Las relaciones laborales en Hispanistán están podridas hasta la médula y ya no se usa ni la zanahoria siquiera, ya es palo gordo o palo gordísimo en muchísimos centros de trabajo. Me da igual logística que consultoría informática, España que Euskadi. Eso es lo que he visto.
Y dentro de esa reforma integral que hay que hacer hay que pensar en qué hacer con las relaciones laborales. Esas son las cosas que hay que cambiar para que la mayoría de las vidas sean un poco o nada miserables.
Con todo esto del caso Torbe (y sus películas y sus esclavas y sus amigos millonarios y caprichosos) han salido a relucir unas cifras aterradoras.
Lo primero que en torno a 12.000 mujeres viven esclavizadas y dedicadas a la prostitución en el Estado Español según el Ministerio del Interior.
Pocas se me hacen. Y no solo porque no me fie del Ministerio del Interior, aunque también y bastante. Esas chicas que veía en los polígonos, en las rotondas, a las tantas de la mañana, casi desnudas mientras caía la helada y a pocos metros el cochazo negro con las lunas tintadas donde estaban, bien calentitos, los cuatro macarras cuidando de su “ganado”. Y hasta en eso salían perdiendo esas pobres, porque el pastor muchas veces pasa el mismo frío que sus animales, si no más.
Esas chicas de los polígonos de la periferia de las grandes ciudades españolas, que cuando paras en un semáforo salen desnudas de detrás de una sombrilla. Y allí al fondo pero sin perder comba los tipos patibularios que cuidan de que todo siga como está, porque no hay nada más conservador que una organización criminal de las de ánimo de lucro por encima de todo, la pura expresión del capitalismo. Y en el limpiaparabrisas una octavilla en la que en letras bien grandes te dicen “Ahora que nadie te ve”. Lunes, 8:30 de la mañana. Cuando lo ponen es porque funciona.
Que entre el 30% y el 40% de los españolitos haya usado servicios de prostitución me deja pasmado. Que hayan ido alguna vez no quiere decir ni de lejos que sean habituales, pero he visto cómo están los aparcamientos de algunos “clubs”. Algunos son tan grandes como los de las discotecas, pero parece ser que hay menos ambiente.
He leído entrevistas y sigo en twitter a alguna prostituta que lo es de forma totalmente voluntaria y se encorajina bastante, cosa lógica, cuando la quieren rescatar. Porque ella hace lo que hace porque quiere hacerlo y encima dice que se le da bien, así que por qué lo va a dejar.
Yo tenía la idea preconcebida, muy cómoda y muy fácil de entender, de que TODAS las mujeres que se prostituyen (y los hombres también, pero la inmensa mayoría son mujeres) lo hacen forzadas por unas circunstancias muy cuesta arriba, como las heroinómanas de los 80 y 90, aquellos esqueletos andantes con calentadores a lo Eva Nasarre y pintadas como puertas, a brochazos, para intentar ocultar en lo posible los estragos del hambre derivada de su adicción, o directamente por un chulo que las apalea, las aterroriza con vudú, con su conocimiento de sus familias en el pueblo del que salieron para ser secretarias o destruidas porque ese mismo chulo es el que las enamoró y se las llevó a España a venderlas a una banda de canallas por 5,000 Euros que ella generará cada mes pero su deuda (porque encima tienen una deuda) crece y crece y crece.
Todo esto sigue pasando. Pero no todo es así. Descubrí hace poco que hay quien lo hace voluntariamente. Que hay incluso una mujer, al menos una, que ofrece sus servicios a personas en situaciones complicadas como grandes quemados, personas con una movilidad muy reducida y similares.
Leer cómo explica lo que hace es como caer por un tobogán por el que no quería caer, sentado como estaba en mi caballo blanco, con mi reluciente armadura y una idea binaria y perfecta de la justicia. Además en Suecia hace años que no se castiga ni persigue a las prostitutas, sino a los proxenetas y (aquí viene lo bueno) a los clientes.
Las mafias traen a chicas de los países bálticos y del Este de Europa y toda esta persecución más o menos feroz pero eficaz tiene el desafortunado efecto de acercar todo esto a lo más extremo, sórdido y brutal. Aún más. Aquí no hay clubs de carretera, neones ni anuncios en prensa más o menos eufemísticos. Pero al menos cuando cae alguien importante (por ejemplo el día que cayó nada menos que el responsable de la persecución de la prostitución) sale en las noticias. No es algo que se asuma como normal, ni mucho menos algo a lo que resignarse. Es un paso adelante, creo. Pero no sé si totalmente en la dirección correcta.
No creo en la distinción entre “de lujo” o no. No hay dinero que compense tener sexo con una persona con la que bajo ningún concepto querrías tenerlo si ha sido mediante coacción e incluso peor, teniendo además que actuar como si todo fuera maravilloso y con los otros no, querido, pero contigo lo haría hasta gratis porque eres fenomenal. Y donde digo “sexo” no me refiero necesariamente a la cópula romántica, no sé si me explico.
¿Pero hay que cerrar la puerta del todo porque no se ha sabido hacer bien? Porque hay pocas cosas tan estúpidas y frustrantes como salvar a quien no quiere ni necesita que le salves.
Dicho esto, me quedo muy preocupado. Allá cada cual con lo que hizo una vez, o siete, hace ni sé los años. Bueno, no es que me de igual porque no puedo evitar juzgar, pero no es justo tampoco, que perfectos no somos nadie y no podríamos defender tampoco absolutamente todo lo que hemos hecho o dicho. Pero seguro que conozco gente que va a esos clubs donde rotan a las chicas cada tres semanas (para que no establezcan relaciones ni entre ellas ni con los clientes), donde seguro que no hay muchas que estén ahí porque prestan un servicio y se ganan muy bien la vida.
Como me contó un amigo que iba a estos sitios en sus tiempos mozos, antes los momentos altos de público, que es cuando él iba, eran los domingos por la tarde y noche. Ese tipo de días en los que la mayoría de la gente está de mal rollo porque al día siguiente es lunes. Iban ahí medio de mal rollo y salían sintiéndose muchísimo peor. Sin excepción, me decía. Nadie se iba para casa como si viniera del fisioterapeuta.
Ahora gente joven lo ha incluido en sus celebraciones y van el sábado por la noche. Supongo que es esa gente que salía antes en plan “hoy follo o me pego” y por supuesto se acababan pegando con alguien de todas todas. Esa y mucha otra, porque tantos no pueden ser. Ahora no se les ocurre vacilarle a la recua de asesinos que hay en la puerta del club, pero son esas chicas, las únicas de todo ese sarao que no quieren estar ahí, las que tienen que bregar con su “follo o me pego”.
Texto enviado (no publicado) a Mugalari.info en febrero de 2016:
Explicaciones a favor de corriente.
A veces pasa que descubres una nueva palabra y te la tropiezas varias veces en unos pocos días. Una nueva idea, o un concepto. Qué majo Pazos. Bueno. Entrañable, mejor dicho. Con época hippy o sin ella.
Me hablaba un amigo hace poco de las explicaciones a favor de corriente. Alguien encuentra una explicación manifiestamente errónea y se opta por no contradecirla, dejar que la corriente pase y se lo lleve todo, porque tener razón tampoco es tan importante como nos puede parecer a veces. Y es más, por cerrar el buzón a tiempo tampoco se deja de tener razón. Se tiene razón y no se pierde la salud en bobadas.
Y en estos últimos días me han saltado al paso como liebres carpetovetónicas varios ejemplos estupendos.
Iban un vasco, un castellano y una sueca en el metro de Estocolmo. No estaba claro si iban o venían de comer, lamento la falta de precisión. Lo que sí sé es que entraron unos mocetones al vagón. Digo mocetones porque por lo visto tenían un acento vasco bastante marcado, hablaban al volumen normal (un volumen que en el metro de Estocolmo es como si entras en un misa tirando petardos) y venían con los mofletes coloraos. Por lo que fuera.
El caso es que uno empezó “pues mira a ese, qué cara tiene”, “pues mira a aquella”. Y el otro “joder, qué de negros aquí ¿no?”. Uno de ellos optó por cifrar la conversación, es decir, la gilipollez que tenía que soltar requería una cierta intimidad a pesar de las voces que estaban dando.
“Beltza pila bat hemendik, bai. Beltza nazkagarriak…”
Dijo esto a unos 30 cm del vasco del que os hablo. Este vasco resulta ser un vasco tan vasco como las rancheras, como la trikitixa, como meter un taco cada seis palabras, como no irse de misionero, como no tener una tía monja. Es decir, un vasco adoptado; y de adopción reciente. Será por eso que tuvo que intervenir, o quizás porque le pasaba como a Gelito, que como todo el mundo sabe gasta mala hostia.
La mala hostia, cuando florece se ve y se huele antes de que el emisor hable siquiera. Tal fue la expresión de su cara justo antes de intervenir que el usuario de la lengua vascona con fines criptográficos (un euskara bastante pobre, según me dijo el testigo) le pidió perdón en inglés. In motherfucking English.
– So sorry. I’m so sorry – he mumbled.
– Aitzen dot.
– …
My friend had to face the facts, and change the approach. Apply just a tiny additional bit of emphasis, let’s say.
– AITZEN DOTALA, TXOTXOLO!
La reacción del sujeto, que es a lo que vamos, fue esta: se fue a reunir con el resto de sus amigos, más de media docena, que estaban sentados al fondo del vagón y les dijo, con esa cosa tan vasca también de susurrar a gritos de forma que solo te oiga medio vagón:
– “buatxabal, que el sueco ese entiende euskera”
noticia que fue recibida con profusión de “bualá”, “qué dices” y “buatxabal”.
Segundo ejemplo. Este me pasó a mí, así que recuerdo los detalles, pero ni bien ni mal. Con esta memoria mía. De vacaciones en Gran Canaria en mitad de febrero, en una de esas semanas en las que nórdicos de distintos países se van al sol aprovechando ciertas vacaciones escolares. Canarias es un sitio donde me dijeron que tienen el inglés obligatorio (¡qué cabrones!, pensé) en el instituto y en muchos también el alemán. Lo cierto es que no di con nadie que hablara inglés con un mínimo de soltura. No digo que no los haya, digo que no los encontré.
Aproveché para ver un sitio turístico con los ojos de un guiri, permitiendo el primer día que me la colaran de mala manera nada más que para ver cómo es. El caso es que la lengua de la unidad viajera era y es en su mayor parte el inglés, con mucho sueco con la chavalada porque sí y ya está.
La señora de la casa donde estábamos (encantadora señora) va y me dice un día que fui a entregarle los tapones de plástico que había visto que recogía en una bolsa bien grande:
– Mi hijo dice que eres canario. Yo le he dicho que no, que canario no eres, pero te defiendes muy bien en español.
A lo que respondí con lo primero que me vino a la cabeza:
– Es que los escandinavos ya sabes cómo somos, cuando nos ponemos con algo lo hacemos a conciencia.
Y no se rió ni un poquito. Así que me volví para casa corriendo a contar que me acababan de dar el pasaporte sueco al fin.
Explicaciones a favor de corriente. No es dejarse hacer. Es que está bien saber cuándo merece la pena y cuándo no, más que nada porque la mayoría de las veces no merece la pena. Ahora bien, que lo quieres llamar “la navaja de Ockham”. Estupendo. Bien también. Hasta mejor. Suena mucho mejor.
Incluso queriendo mucho a esta gente del sur del norte que me rodea, que aunque tengan sus cosas (como todo el mundo) la verdad es que me tratan muy bien y les tengo cariño, hay veces que los cabezas negras no podemos más y nos juntamos con otros cabezas negras para hablar de cosas de cabezas negras.
¿Que qué son los cabezas negras? Muy fácil. ¿Sabéis esos gilipollas que cuando hablan de gente de otros sitios dicen “panchitos” a ciertos latinoamericanos o usan “rumana” como sinónimo de prostituta y “rumano” como sinónimo de macarra o de ladrón de cobre? Bueno, pues la versión sueca de esos gilipollas nos llama a nosotros, los que no somos nórdicos, “svartskallar”. Cabezas negras. Como esos pieles negras, larru beltzak, de los que hablaba Itxaro Borda.
En 1992 Infinite Mass, uno de los grupos más importantes de hip-hop de Suecia y aun en activo, metieron una canción titulada “Shoot the Racist” en una película. Más de 20 años después, en 2004, tuvieron un enorme éxito con “No. 1 Svartskalle”. La gente que llegó aquí huyendo de las guerras hizo suya la palabra, la envolvió con música, con mucho hip-hop y la devolvió con su puño detrás. Hoy en día en el hip-hop en sueco “svartskalle” (que suena algo así como “sfatshkal-lé”) es tan frecuente como “nigga” en el “gansta rap”, así que si buscáis esa palabra en internet encontraréis un montón de hip-hop en sueco, por ejemplo “Stor – Där ni ser mig (Kör Svartskalle!!)”, que yo creo que la van borrando de todas partes y subiendo a otras.
Y en otra onda tenemos por ejemplo a Ken Ring y su “Svartkalle”:
Pues eso. De vez en cuando nos juntamos y hablamos de nuestras cosas. A veces despotricamos un poco de “los suecos” con la misma saña con la que despotricamos de nuestro jefe, que en todos los sitios cuecen habas.
Otras veces nos contamos las cosas que nos pasan. Hay veces que nos pasan cosas normales pero es que somos “guiris” y nos enteramos pero no entendemos, pero otras sí que podemos decir que son cosas raras porque lo son y ya está.
En una de estas reuniones cerveceras un amigo nos contó que hace poco tuvo que ir al médico (si vas es porque tienes que ir porque aquí primero sueltas 20 o 30 euros y luego preguntas) porque según él lo describió “le escocía por dentro al mear”.
Siendo Estocolmo la capital europea de las enfermedades de transmisión sexual me hice perfecta idea de lo que me estaba contando, pero me pasé de listo una vez más porque no iban por ahí los tiros.
Resulta que los varones también podemos coger frío en las negruras. No será porque no haya yo estado pelando la pava (generalmente para comerme los mocos, sí, pero los míos) sentado en algún sitio muy frío, pero claro, un banco del parque en Suecia es otra cosa. No sabía yo que estas cosas nos pasaban también a los hombres. Otra lección que me da este país. El médico, que nos fue descrito como un morlaco que tenía que agacharse para no destruir los marcos de las puertas, le dijo que tenía toda la pinta de poder hacer un diagnóstico certero pero que le faltaba hacer una exploración.
Los hombres somos así de bobos con estas cosas, luego nos reímos pero en el momento nos ponemos muy nerviosos cuando nos dicen que nos pongamos mirando a Göteborg para que nos exploren mientras nos dicen en tono muy profesional que nos relajemos (que ese dedo en el ojete es en el nombre del conocimiento). Los oyentes lo celebramos mucho, pero quien más y quien menos ha estado en esas y si no acabará estando tarde o temprano.
Allí todo era algarabía y francachela y tómate otra venga vale claro que sí yo también.
Hecho el diagnóstico (tenía, tal y como sospechaba el galeno, la próstata pa’ Helsinki) mi amigo recibió cumplida información de los fármacos a tomar. Antibióticos al canto. Mal asunto, porque viniendo del sur de Europa si te dan antibióticos te los dan especialmente potentes porque la carne que llegaba de España era unánimemente reconocida como rebosante de antibióticos (por eso se ve bastante poquita), así que se te asume una especial resistencia y te calzan unos antibióticos que te curan, sí, pero no levantas cabeza en dos o tres semanas.
No quedó ahí la cosa.
Según el médico la próstata está llena de un fluido que es la mayor parte de lo que eyaculamos. Al estar inflamada está llena de un fluido de mala calidad que hay que expulsar y esa glándula no es de las que se vacían solas.
El médico se puso muy serio y le recomendó a mi amigo tener relaciones. Con una mujer, especificó. O bien que podía masturbarse. Con una vez al día es suficiente, precisó.
A los que tenemos educación católica se nos nota enseguida. Mi amigo pensó automáticamente en cómo le explicaría esto este médico XXL a un cura católico de los de sotana, pero sin llegar al grado de barbarie de este que os lo cuenta, que ya tenía preparadas varias bromas con monaguillos antes de que el que nos lo estaba contando terminara la frase.
Aquí hubo un choque cultural que se me hace muy familiar. Nuestro amigo tenía la risa floja y una expresión un tanto bobalicona (como si lo estuviera viendo) y el médico estaba apretando los dientes un poquito y es posible que los puños también.
El uno pensando que cómo puede ser un hombre hecho y derecho tan inmaduro como para reírse como un niñato porque ha dicho “relaciones” y “masturbarse”. El otro pensando “qué poca sangre tienen estos del norte, no se toman a cachondeo ni lo que tiene gracia. Debería preguntarle por su protocolo para curas católicos a ver si así”.
Y claro, el uno se empieza a reír. Y el otro se empieza a mosquear. Por dentro, eso sí. Apretando los puños un poquito más y con muchas ganas de salir de la habitación, que siendo un tío tan grandón seguro que se le está haciendo un ascensor más y más pequeño y cada vez más lleno de idiotez.
Por esto nos juntamos a veces los cabezas negras. Nos contamos estas cosas, vemos el eco que nos vuelve y así sabemos que no estamos más locos de lo normal.
Hay cosas que dan alegría siempre. Una de esas, y sé que no tiene ningún sentido, para mí una de esas es cuando entro o salgo de casa y veo una liebre.
Las liebres en Estocolmo no saben lo que es un cazador. Un cazador humano, quiero decir. Hay bosque viejo por todas partes, así que hay rapaces diurnas y nocturnas. En verano las dos a la vez, porque casi no hay noche. Y hay zorros. Y si te separas un poquito de la ciudad hay glotones, tejones y hasta lobos. Y todo el muestrario entre una comadreja y un hurón. Pero aquí, entre las casas, pocos depredadores hay que puedan preocupar a una liebre. Creo que ninguno. Esos afortunados gatazos noruegos que salen a pasear desde los bajos y los primeros (hay que ver las escaleras y pasarelas que les ponen para que salgan y entren a su antojo) no tienen ni media oportunidad con una liebre y seguramente opten por presas mucho menores. Y los galgos que tiene la gente, la mayoría rescatados de la barbarie, están encantados siendo mascotas muy tranquilas y obedientes, sobre todo considerando cuáles eran las alternativas.
Estas liebres ni siquiera necesitan moverse como el rayo, que es como yo recuerdo ver a las liebres. Igual que a las comadrejas. Por el rabillo del ojo, una sombra parda que pasa vista y no vista, tan rápido que no sabes si lo has soñado… o muertas. No hay más. A las liebres allí las veía así o colgando de un gancho en una carnicería o del cinto de un cazador camino de ser estofadas con judías blancas y en un plato que a veces estaba delante de mi.
A ver, que muy ricas. Sí. Pero me gusta verlas así. Caminando tan tranquilas. Delante de casa. A sus cosas. Andando. No sabía que las liebres podían andar, creía que su única manera de desplazarse era encadenando larguísimos saltos a ras de suelo, nunca más de dos a la vista. Zas, zas, ya no me ves. Solo las liebres que se escondían antes de dos “zas” (a poder ser después del primero) transmitieron sus genes.
Un día de otoño tuve la suerte de ver una liebre adulta con un lebrato.
Dice muchísimo del sitio del que vine que nunca había visto una liebre viva de cerca, mucho menos con un lebrato.
Hoy he visto una trotando (despacito) por la nieve y me he vuelto a acordar de que me encantaría ponerles comida, al menos en invierno. Un sitio donde hay muchos pájaros es un buen sitio para vivir, así que le cuelgo comida a los pájaros. Sobre todo en invierno. Dar de comer a unos pájaros sí (por ejemplo carboneros, herrerillos, trepadores y por supuesto a los astutos gorriones, que han aprendido a comer cabeza abajo) y a otros no (digamos gaviotas de toda especie, que se apañan perfectamente sin mi) es bastante fácil. Según qué comida cuelgues y cómo la cuelgues y de dónde restringes el acceso y tienes casi la certeza de que estás ayudando a quien quieres ayudar. Voy colgando distintos tipos de comederos, bolas, etc (de venta en supermercados) de las ramas de un árbol. Cuando paso cerca y es de día veo de reojo que siempre hay algún pajarito azul y amarillo, negro y amarillo, marrón y gris. A veces más de uno. Y ya empiezo o termino el día de una manera que siempre es mejor.
Mi casera me ha dado permiso para colocar un comedero frente al edificio. Los hay muy sofisticados y de buen tamaño, así que es mejor tener permiso y hacer las cosas bien. Y ponerlo en el tablón de anuncios del edificio y explicar a la gente qué es y cómo ayudar si quieren ayudar. Dar de comer a los pájaros es una afición que aquí se asocia con señoras de más de 60 años, así que creo que le hizo mucha gracia que tuviera tanto interés en el asunto, pero en Suecia todo el mundo sin excepción odia a las moscas porque pueden reventar nuestro día favorito de todo el año (sí, el verano) y a más pájaros menos moscas.
Dar de comer a la liebre es otro cantar porque no hay manera de alimentar a las liebres sin alimentar a las ratas, que bien hermosas están sin necesidad de que yo las alimente.
Qué alegórico que no pueda dar algo a cambio a un bichejo que me da alegría nada más que por el hecho de pasar andando al lado de casa porque ayudarle significa alimentar también a las ratas. Bueno, qué estoy diciendo, sacar enseñanzas y moralejas de todo. Entre Samaniego y Disney cuánto daño han hecho. Igual Samaniego ha sido el peor de los dos.
En la estación central de Estocolmo hay un servicio de recepción a los refugiados que van llegando a la ciudad. Por lo que he podido ver hay voluntarios de Cruz Roja con chalecos naranjas, hay abogados con chalecos amarillos y hay un puesto donde se coordinan necesidades y materiales. Ahí por ejemplo es donde uno puede ver que ese día están recogiendo plátanos y manzanas, baja al supermercado que hay un piso más abajo (abierto de 6AM a 23:30), compra una bolsa de cada y sigue con sus quehaceres. Hay también un punto de descanso donde se intenta crear un lugar recogido en medio del trajín para que los refugiados de todas las edades (muchos de ellos niños) pueden recomponerse un poco e ir aterrizando.
Hoy me han contado que hay un tipo que cada día llama a ese punto de coordinación para saber qué necesitan. Va a un supermercado y compra de eso. Ayer eran compresas femeninas. Apareció con 100 euros de compresas, todas las que tenían en las baldas. Así un día tras otro.
Llevamos 10 atentados contra centros de refugiados en un mes (uno de ellos dos veces consecutivas). Hace dos días un nazi de 21 años se metió en un colegio del sur de Suecia con una espada y fue clase por clase buscando gente con la piel oscura, cosa bastante fácil de encontrar en ese colegio en concreto.
La policía lo mató a tiros, pero para entonces este desgraciado había matado a un profesor que se interpuso (un tipo que estaba haciendo una sustitución y no llevaba ni un mes en ese colegio y que salvó a unos cuantos con su acción) e hirió gravemente a un chaval que luego murió en el hospital. Hay un chico de 15 años con heridas críticas y otro profesor herido grave. Todos los heridos son de tez oscura.
Hoy mismo, en el tren, una revisora me ha dicho “Välkommen!” (“¡Bienvenido!”) con una amplia sonrisa tras comprobar mi billete. No sé si me daba la bienvenida al tren, porque aquí a veces son así de cumplidos, o a Suecia. Y es que aquí ratas ponzoñosas y gusanos miserables hay unos cuantos (en todos los sitios cuecen habas) pero la mayoría de la gente es buena y algunos son excepcionales.
Al calor, mejor dicho, con el calentón de la vergüenza que pasé (porque algunos no la pasaron) a cuenta de esa pobre gente huyendo de la guerra y tratados como perros escribí esto.
Últimamente estoy conociendo personas de todas partes. De muchas partes. De casi todos los países de Europa, de muchos de Asia, de algunos de América y alguno que otro de África ya va cayendo. Es curioso cómo ya no te puedes fiar mucho de la pinta de la gente (hablo del color de la piel y el pelo, aunque también de la ropa) porque estamos ya todos muy mezclados y compartimos muchas referencias culturales. Pero el mismo chasco se lleva uno cuando piensa que somos muy distintos como cuando va uno y asume que los valores comunes son muy comunes.
Un húngaro que conozco me dijo hace unos meses que esos que desfilan uniformados por ciudades y pueblos de su país antorcha en ristre y echan a los gitanos de esos pueblos que visitan no son nazis. Son, según él, el ADN del pueblo que reacciona. Y además es la gente de esos pueblos y ciudades quienes les invitan, de lo que habrá que deducir que no son nazis en absoluto ni los invitados ni los huéspedes. Con esa explicación es fácil de entender que no quisiera rascar mucho más. Una cosa es querer conocer gente muy, muy, muy diversa y otra cosa ya es esto.
Mi madre usaba la palabra “húngaro” para describir a gente en una situación parecida o aún peor que la de los gitanos trashumantes que yo mismo llegué a ver en los 70 y 80, todavía viviendo en carretas tiradas por caballerías. Me contó que recordaba gente que venía huyendo de la guerra años después de acabar La Guerra (la Civil Española). Húngaros eran, por lo visto. Y eran iguales que la gente que ella recordaba huyendo de La Guerra en su pueblo, en la carretera entre Madrid y Valencia, lugar de paso. Pero estos no tenían ni el idioma siquiera para pedir una naranja o un trozo de pan para los niños que les acompañaban.
Cuando alguna vez me dijo “anda, que pareces un húngaro” no era despectivo, solamente me estaba diciendo en una palabra que llevaba muy malas trazas. Las peores.
En Hungría los nazis contaron con la colaboración de un gobierno títere durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial y lo toleraron hasta que se hartaron de esperar. Después ocuparon Hungría y entregaron el poder al Partido de la Cruz Flechada, “panhungaristas”, pro-alemanes y nazis entre los nazis. En solo unos meses enviaron a cientos de miles de judíos húngaros a Auschwitz y no acabaron con todos ellos (a pesar de la prisa que tenían porque los rusos estaban ya llamando a la puerta) porque los nazis les echaron el alto. Estaban pagando ellos la deportación y no los propios judíos. La eficacia de las SS tenía su lado comercial, pero al parecer los nazis húngaros se dejaban llevar por su ardor eliminador y ni siquiera expoliaban a los judíos antes de enviarlos a una muerte segura.
Este tipo que me contaba esa versión como de Walt Disney de las milicias neonazis que campan a sus anchas por su país me dijo el otro día prácticamente en la misma frase que el trato que se dio a Alemania, a los alemanes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial fue muy injusto. Un inglés allí presente dijo que sus dos abuelos lucharon contra ellos a lo que añadió una expresión que voy a traducir como “por mí se pueden comer comer una mierda así de alta” (poniendo la mano casi a un metro del suelo). Sin arredrarse, añadió que ambos bandos usaron esclavos a millones para la producción militar. Cuando vio una cierta resistencia a alcanzar un quorum en torno a esa manifestación nos dijo que es una pena que los pueblos europeos se hubieran enfrentado así unos con otros en una guerra causada por los judíos. Cuando me estaba levantando de la mesa estaba ya usando el último cartucho, esto es, que hubiera sido mejor que el comunismo nunca hubiera existido. “Es una bonita teoría, pero totalmente irrealizable”, dijo uno. No me quedé a escuchar la réplica por si acaso.
Bueno. Pues para que os hagáis una idea, incluso un sujeto como este se ha ido del país. Según él es el típico sitio del que todo el que puede se va. Como se fueron a montones huyendo de los rusos (con razón o sin ella, nazis o no, que para eso el miedo es muy libre) cuando les pasaron por encima a los nazis en 1945, como se fueron por decenas de miles tras la revolución húngara de 1956. Y como se está yendo ahora mismo todo el que puede en cuanto tiene una buena ocasión.
Eso sí, entre los que se quedan hay un montón de energúmenos que se aplican con toda su alma a martirizar a gente que huye de una guerra con un hatillo al hombro y un niño en brazos que lo único que quiere es cruzar el país. Cómo explicarle a esos bárbaros que no, que esa pobre gente lo que quiere es cruzar lo antes posible, que no había la menor probabilidad de que quisieran quedarse ya antes de que los trataran como si fueran una plaga.
Cómo explicarle al canalla que tienen de primer ministro que si hace todo eso para defender “la identidad cristiana de Europa” puede meterse la identidad, la cristiandad, y su trozo de Europa por donde amargan los pepinos. Cómo explicarle que no quiero que me proteja. Que alguien que cruza en patera el Mediterráneo, que cruza andando (¡andando!) los Balcanes, echa a andar en Grecia y llega hasta el Danubio tiene muchos puntos de ser de los míos. Iraquí, sirio, afgano, kurdo o de donde sea.
Me da igual si tiene amigos imaginarios o no, porque como decía la canción quienes sufrimos los gases lacrimógenos somos siempre los mismos.
Ahora, un poco más reposado, intento poner en el mismo puzzle todo esto que escribí hace dos semanas con dos tipos que conozco, hijos de refugiados de otras guerras (una de los 90 y otra de los 70). El uno, que vino como refugiado siendo un niño, me dijo que es evidente que hay que poner un límite porque si no 50 millones de personas van a intentar entrar en Europa y eso no se puede permitir. No hay para todos, según él. Todo esto dicho en un país, Suecia, donde otra cosa no, pero sitio, lo que se dice sitio, hay. Al otro, nacido aquí pero hijo, nieto y bisnieto de refugiados y víctimas de genocidio, le parece estupendo que la policía maltrate a extranjeros.
Yo ya no sé qué hacer con esto. Me voy a la calle, que ya casi hiela por las noches, a colgar comida para los pájaros de las ramas de los árboles. He comprado varios formatos en distintas tiendas para ver cuál tiene mejor aceptación. Los pájaros son preciosos y hacen un mundo mejor. O por lo menos no son unos asquerosos que lo hacen peor. Solo por eso ya me tienen ganado.